viernes, 8 de febrero de 2013

IV. LA PROCLAMA DEL REINO. LAS BIENAVENTURANZAS. FIDELIDAD Y PERSECUCIÓN.


La octava y última bienaventuranza enuncia la segunda condición para el Reino: la fidelidad a la opción inicial y a la labor que se desarrolla a partir de ella, desafiando la persecución de que la comunidad será objeto por parte de una sociedad que no tolera la emancipación de los oprimidos ni el trabajo en favor de ellos (Mt 5,10: «Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad»).

La fidelidad a la opción inicial, a pesar de la hostilidad que ésta provoca, expresa la coherencia de la conducta con dicha opción. Excluye, por tanto, todo lo que la desvirtúa y mantiene la plena ruptura con los fundamentos de cualquier sociedad injusta. Esa coherencia se vive dentro de un grupo que, por los valores que profesa, se opone diametralmente a la sociedad, y cuya existencia y actividad socava los principios sobre los que ésta se cimienta. Nada tiene de extraño que la sociedad reaccione con todos sus medios, incluida la violencia, e intente suprimir el estilo de vida que se deriva de la opción por la pobreza.

La persecución, manifiesta o solapada, la presión social, los intentos de marginación, no han de ser para el grupo cristiano motivo de angustia o desesperanza (“Dichosos ...”), porque en esa circunstancia experimentará de modo particularmente intenso la solicitud divina (“porque ésos tienen a Dios por Rey”), es decir, el amor y la fuerza del Espíritu, que es capaz de superar incluso la barrera de la muerte (Mt 5, 11s).
La reacción de la sociedad ante el trabajo de comunidades que se esfuerzan por ayudar al hombre y colaboran en la obtención de una felicidad que desmiente la falsa felicidad que ella propone, no puede ser más que de hostilidad y persecución. Se aprecia claramente la razón por  la que Mateo intercala las tres bienaventuranzas de liberación y las tres de acción entre la primera, que describe la opción inicial de la que derivan ambas realidades, y la octava, que supone la reacción de la sociedad injusta ante el nuevo fenómeno social.

Frente a la falsa felicidad que promete la sociedad injusta, cifrada en la riqueza, el rango social y el dominio sobre los demás la repetida proclamación que hace Jesús (“Dichosos ... “) muestra que la verdadera felicidad se encuentra en una sociedad justa que permita y garantice el pleno desarrollo humano. La sociedad injusta centra la felicidad en el egoísmo y el triunfo personal; la alternativa de Jesús, es el amor y la entrega. Mientras la primera, a costa de la infelicidad de muchos va creando la «felicidad» de una minoría, cerrada en sí misma e indiferente al sufrimiento de los demás, en la sociedad nueva el esfuerzo se concentra en eliminar toda opresión, marginación e injusticia, procurando la solidaridad, la fraternidad y la libertad de todos.         .' .

De este modo, Jesús invita a romper con el sistema injusto y a esforzarse por crear la nueva relación humana, sin la cual es imposible la relación auténtica con Dios. Jesús proclama «hijos de Dios» a los que procuran la felicidad de los hombres, mostrando así que Dios es incompatible con la opresión, el sometimiento y la injusticia. Por eso Jesús, presencia de Dios en la tierra, se pone de parte de los explotados y humillados por la sociedad; con esto se julega su prestigio; es evidente que los poderosos tomarán partido contra Jesús.  Pero también Dios mismo se juega su prestigio; el Dios verdadero no será aceptado por los opresores de la tierra o por los que están en su favor; éstos se buscarán otros dioses, compatibles con su ambición de poder. 

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